Amante de la literatura

La literatura es una profesión que produce regocijo; dedicar tu vida a escribir libros, a leer libros, a enseñar sobre libros, incluso a emitir tu opinión sobre los libros de los demás puede llegar a convertirse, digamos, en una especie de vicio. Pero, a diferencia de otros vicios, la literatura es un camino solitario. Las personas pueden, por ejemplo, compartir una cerveza con un amigo, hablar y divertirse. Pero leer y analizar un libro (no hablemos de escribirlo) es algo que se debe realizar en solitario, sin ayuda, únicamente tu frente a una computadora (o una máquina de escribir, si eres un nostálgico) tecleando palabras.

Por eso elegir tener otro vicio que, a diferencia de la literatura, siempre me proporciona la más cálida compañía. La compañía más increíble y placentera: las mujeres.

Las mujeres, como la literatura, no son un vicio dañino, no destruyen tu vida. En vez de eso, te inspiran, elevan tu mente a lugres que no podría llegar de ninguna otra forma y te llena goce siempre que lo haces. Pero lamentablemente mi profesión, o digamos mi obsesión, no me permite poder tener una relación formal, con todo lo que eso implica, por eso prefiero estar con damas de compañía.

Si me dijeran que elija un libro para leer durante toda la eternidad, no podría elegir. De la misma forma no puedo elegir quedarme con solo una mujer hasta el final de los tiempos, y prefiero disfrutar del dulce néctar de las más exquisitas damas de compañía, que saben amar mejor que nadie, porque los artes del amor son su oficio.

Hoy es viernes. Luego de dar una clase sobre T. S. Eliot, debo irme rápidamente, porque me toca reunirme con una increíble chica, llamada Rosa. De pelo negro, unas piernas que miden casi dos metros y unos ojos que parecen engullirme al mirarme, no puedo esperar a encontrarme en su compañía.

Una vez junto a ella, comparte una copa de vino conmigo. La manera en que el líquido baja por su garganta me parece tan sugerente… pero no me concentro en eso, disfruto de la conversación con ella. Le comento algo sobre Eliot, quien era un puritano, y estaba un poco en contra del placer clandestino, es decir, contra lo que voy a hacer. Y ella me dice que lo más probable es que Eliot nunca hubiera estado con una mujer como ella.

La conversación ha terminado. Estando de pie, ha abierto mi pantalón, para sacar lo que ahí se esconde y degustarlo. Lo recorre con la lengua desde los testículos hasta la punta, y luego lo engulle por completo. Quiero correrme. Pero también quiero que esto dure un poco más, por eso aguanto.

Cuando termina, me coloca el preservativo, me desnuda por completo y me monta, Andrómaca montando a Héctor, tan sensual que cualquiera que la viera estaría tocándose. Teniéndola encima, me gustaría aguantar mucho más, horas, días, pero no evitar sucumbir ante ella y correrme con un gruñido que ella corresponde con un gemido.

Luego de hacerlo nos echamos en la cama y charlamos. Aún nos quedan muchas horas estando juntos, y me alegra que así sea, con una mujer tan perfecta como ella, el tiempo pasa volando.

Fin.

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