Amante de los tacones

El cuerpo de una mujer es sensualidad en su máxima. En eso se diferencian mucho de nosotros los hombres. Cualquier mujer, por muy ajena que sea de sus dotes naturales, exuda sensualidad por los poros, con unas formas que evocan el deseo y la satisfacción.

Pero si tuviera que elegir solo una parte del cuerpo de la mujer, sin pensarlo dos veces, me quedaría con el tren inferior. No solamente porque en el tren inferior se encuentra aquello que los genitales, que en la sexualidad tienen un lugar preponderante. Pero, en el tren superior están las piernas, que bajan desde el culo hasta la punta de los pies.

Las piernas de las mujeres, en vez de ser toscas y rectas, como las de los hombres, dibujan curvas, son suaves y me mantienen siempre en un éxtasis perenne. Ciertamente disfruto de las piernas de una mujer —especialmente si estas son unas piernas largas— de una forma que difícilmente podría explicar. Las acaricio, las beso, y me sumerjo a mí mismo en un éxtasis sin precedentes…

Me gusta concertar encuentros con acompañantes de lujo, puesto que ellas, a diferencia de o9tras mujeres, saben hacerse adorar. Y, al igual que diosas antiguas, son amables con quienes adoran sus cuerpos perfectos y les proporcionan todo lo que necesitan. A mí, por ejemplo, me vuelve loco que utilicen tacones altos y puntiagudos, que me amenacen con ellos haciéndome creer que me apuñalaran el corazón con la aguja, que me permitan apreciar la exquisita forma que toman las pantorrillas al utilizar estos zapatos tan perfectos; y que me permitan besarlos, disfrutarlos y descargar todo mi deseo en ellos…

Llego al lugar donde había sido concertada la cita y, al abrir la puerta, me encuentro con una mujer cuyas piernas parecen medir dos metros, coronadas en dos tremendos zapatos negros de tacón, con una aguja que sería capaz de atravesar mi corazón o cortarme la aorta. Va enfundada, como un arma letal lista para disparar, en un vestido negro ajustado a su cuerpo. Su torso es perfecto, al igual que sus pechos; su rostro transmite el gusto y el deseo, con una mirada penetrante, capaz de atravesar el metal; pero son sus piernas, empezando por su redondo y duro culo, apenas cubierto por la tela, lo que despierta mis instintos más bajos.

No quiero que se desnude, apneas si quiero que se suba un poco el vestido. Quiero verla a los ojos mientras me pone los pies encima, clavándome los zapatos, haciéndome sentir de verdad. Quiero ver directamente a sus pies cuando los beso, cuando chupo sus dedos. Y quiero verla directamente a los ojos, cuando, una vez dentro de ella, tomo los tacones en mis manos y los acaricio —junto con sus pies— mientras penetro.

No es novedad que llegue a un clímax salvaje, bestial, potente y líquido. Llego y llego sintiéndome en la cima, ¿y cómo no voy a sentirme en la cima? No hay nada mejor. Por eso siempre me gusta concertar encuentros con acompañantes de lujo, porque solo ellas son verdaderas diosas que entienden las necesidades de sus súbditos.

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