Ansioso por el placer

Luego de haberme mantenido lejos durante un tiempo, esperando ansiosamente volver a encontrarme con una estupenda mujer, de nuevo tengo la oportunidad de hacerlo. Por eso no desperdicio el tiempo y contacto con Chantal, una hermosa rubia que sabe lo que los hombres como yo necesitamos. No se necesita más que acordar un lugar y una hora, donde de forma clandestina nos encontramos, como amantes secretos.

Gran parte del picante de estos encuentros yace en saber que somos dos adultos, llenos de vicio a punto de satisfacer lo que dentro de nuestros cuerpos se encuentra, ese instinto tan primitivo que hace que la piel se erice y que los genitales se humedezcan como un pantano. Eso que las personas buscan sin parar durante toda su vida y que solo los hombres y mujeres que disfrutan del placer pueden experimentar.

Al encontrarme con ella en la habitación del lugar acordado a la hora señalada, la encuentro divina. Un olor delicioso a perfume se siente en mis fosas nasales, excitándome terriblemente. Me acerco un poco más a ella, visualizándola en el vestido negro ajustado que lleva puesto. Solo de mirarla me produce deseo.

Cuando estamos lo suficientemente cerca, me acerco a sus labios y los tomo, porque me pertenecen durante el tiempo que dure nuestro encuentro. Ella corresponde a mi beso con pasión y nos encontramos en un beso tremendo, fantástico, magnífico. Acaricio su espalda y ella acaricia la mía, pero poco a poco voy bajando hasta encontrarme con el final de la tela, que subo con cuidado. Me permite hacerlo y le quito el vestido, mostrándome unas bragas de encaje que me estremecen. No me gustaría quitárselas. Nos seguimos besando y, mientras tanto, ella me convida a costarme, para consentirme, me dice.

Con sutileza me quita la camisa, abre mi cinturón y saca del pantalón mi miembro, hinchado y dispuesto. Con un beso lo corona y luego comienza a chuparlo, con suavidad, sopesando mi reacción a sus caricias con la boca. Lo introduce por completo. Lo saca, lo lame, lo disfruta, lo palpa y lo frota. Mientras ella despliega este espectáculo de habilidad, yo me retuerzo debajo de sus manos y debajo de su boca. Me pregunta si estoy listo para ella, a lo que respondo de forma afirmativa.

Me coloca un preservativo, de sabor, para disfrutar ponerlo con la boca y se dispone a quitarse las bragas. Pero la detengo: quiero que las lleve puestas, pero nada arriba, lo que deja sus finos pechos al aire, permitiéndome palparlos. Ella asiente, hace la braga a un lado y me introduce en su humedad.

Me estremezco como solo puedo hacer ante esta sensación tan perfecta: el cuerpo de una mujer estupenda sobre mí, subiendo y bajando, gimiendo y tocándose, sintiendo el placer y la lujuria apoderarse de nuestros cuerpos. Me toma por el cuello, coloca sus manos en mi pecho, me besa el cuello, besa mis labios y su entrepierna chocando con la mía, me vuelve loco.

El clímax llega pronto, quizás más de lo que deseo. Pero aun nos queda algo de tiempo, por eso comenzamos de nuevo. No hay nada como una mujer perfecta y un hombre ansioso de placer dispuesto a disfrutarla.

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