Disfrutar comiendo un culo – Relato erótico

Hay algo en los culos que siempre me ha generado curiosidad y goce.

Disfruto comer la boca de una chica, sentir sus labios chocar con los míos, su lengua juguetear con la mía. También disfruto comer un coño, y sentir como se va humedeciendo, poco a poco; como el clítoris y los labios se hinchan y luego entrar. Pero nada es tan excitante como comer un culo; es algo tan obsceno, y a la vez tan placentero, que la erección en medio de mis piernas, generalmente un poco mediocre, parece una lanza, dispuesta a empalar a cualquier. Y casi siempre tengo la suerte de poder empalar a quien, previamente, he disfrutado (y que previamente ha disfrutado).

Siempre he sido consciente de este pequeño fetiche mío, de la misma forma en que me gustan las mujeres elegantes y lujuriosas, que usan tacones altos que hagan ver sus piernas musculosas mucho más sensuales. Me gusta acariciar estas piernas y, poco a poco, irme acercando hasta el centro del placer: placer del coño al culo, y luego penetrar en ese lugar tan sagrado y tan profano, que se siente tan bien que a veces se me hace difícil creer que los religiosos crean que es pecado. ¿Cómo puede ser pecado algo tan delicioso?

Siempre me gusta satisfacer estos pequeños fetiches, o gustos (por así decirlo) con las mejores chicas. Y las mejores chicas para disfrutar de tus fantasías, dejarlas volar, son las escorts en Marbella. Porque son chicas que no te juzgarán y que, por el contrario, disfrutarán de tus fantasías y de tus fetiches junto a ti, haciéndote más placentera la jornada de lo que podría ser de cualquier otra forma.

Pienso en esto mientras me encuentro con Angie, ella sentada en mi cara, haciéndome comer su culo mientras me chupa. Un 69 tan placentero como solo una chica como ella me puede hacer sentir. Me traga, me masturba, me escupe y me chupa. Mientras tanto, paso mi lengua por los pliegues y me excito sintiendo como sus jugos caen sobre mí.

Pero lo que más me gusta es cuando se coloca en cuatro patas, enseñándome es perfecto culo bronceado, abierto de par en par para dejarme entrar.

Con el preservativo puesto, lentamente me acerco. Apunto con el glande y, a una señal de ella, empiezo a entrar poco a poco; me gusta mucho esta lentitud inicial, el sentir como el culo se adapta a mi polla. Y cuando he entrado por completo, escucho sus gemidos, que no son los mismos gemidos que las mujeres tienen cuando reciben sexo oral, o coito tradicional. No, los gemidos del sexo anal siempre son más apasionados, más desesperados, más placenteros.

Ella gime y yo la penetro, primero lento y luego con fuerza, escuchando como nuestras pieles chocando hacen el sonido de aplausos. Me imagino que es una obra de teatro y que nos aplauden. ¿Por qué no aplaudir tal encuentro? El placer es un arte.

Follar es una arte, y alguien que te folle como me folla ella no es otra cosa que un gran artista.

Me corro con vehemencia y potencia; pero cuando estoy a punto de caer de cansancio, sus besos y su lengua lujuriosa me hacen volver a endurecerme. Aún nos queda tiempo y mis deseos y fantasías jamás serán satisfechos del todo.

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