Una mujer lujuriosa

Lo mejor que un hombre puede esgrimir para no sucumbir ante el estrés que produce una situación como la actual, es la compañía de una mujer lujuriosa que sepa complacer y disfrute ser complacida.

Tal era mi pensamiento cuando contacté con Kiara una chica latina de generosos pechos y amplias caderas, que exudaba sensualidad y se mostraba ante mí como un delicioso bálsamo que curaría todo el estrés que se cernía sobre mi cabeza.

Quedar fue sencillo, preferí que me visitara en mi oficina, vacía por aquellos días. Más que todo porque e daba cierto morbo mancillar aquel lugar donde día a día iba a trabajar el mismo lugar que generaba en aquel momento ciertos sentimientos negativos en mí.

Solo tenerla en frente, pude darme cuenta de que me encontraba con una mujer de otro planeta. Su delicioso olor hizo que se erizara la piel y su mirada deliciosa parecía engullirme antes de que incluso mediáramos palabra alguna. Traté de mantener la compostura y la saludé amablemente, ofreciéndole una copa, que aceptó con cortesía, sentándose en una silla que le ofrecí al momento que cruzaba las piernas de forma sugerente y clavaba su mirada en mi cuerpo, concretamente en mi entrepierna.

Disfruto en sentirme deseado, y más aún en sentirme disfrutado. Que la conexión sea mutua y sentirme sincronizado con una mujer cuando estamos a punto de fundirnos en un orgasmo y aquellas miradas de Kiara me erizaban la piel, propiciando una dura erección en mis pantalones.

Le entregué el trago, al cual solo le dio un cortés sorbo para luego echarse a un lado. No tenía sed, sino hambre, hambre de carne dura y caliente, la misma que se encontraba en mis pantalones, con ansias de que una boca tan dulce y húmeda como la de Kiara me devorara.

Su cabello negro y largo se derramaba sobre mí, como un refrescante baño mientras era consumido por su  boca, que más que prácticamente un oral, parecía follarme. Pero no quería permanecer solo ahí, quería fornicarla, sentir su entrepierna ardiente y húmeda a mi alrededor, proporcionándome el goce que tanto necesitaba. Ese goce delicioso propio del deseo de una mujer lujuriosa que sabe complacer y que sabe ser complacida.

Se desnudó frente a mí, mostrándome ese cuerpo tan delicioso que repentinamente sentí hambre y quise devorarla, besando sus atributos. Mientras la besaba, ella me quitaba la camisa, consumiendo mi cuerpo también. Solo cuando estuvimos sin ropa, me colocó un preservativo, convidándome a sentarme en una silla, para luego montarme. Primero mirándome a los ojos, y luego dando la vuelta, mostrándome su divino pelo y sus nalgas que chocaban con mi pelvis.

Aunque no solo quería ser montado, porque también quería montarla, cabalgarla, penetrarla. Así que la convidé a que recostara su torso en el escritorio, mostrándome su culo y su coño abiertos, dispuestos, húmedos, tan excitantes que preferí no admirarlos durante mucho, disfrutando en penetrarla. En esa posición me corrí, tomándola por las caderas, sintiendo su suave piel, disfrutando cada latido del orgasmo.

Solo un encuentro con una mujer como Kiara es capaz de devolverle a alguien como yo la cordura, la misma que es tan necesaria para enfrentar difíciles momentos.

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